Poco después del deceso de René Guénon (7-1-1951), Michel Valsán comentaba: “…dada la ocasión, muchos se han extrañado al enterarse que fue musulmán.” (…) “Otros se preguntaban si podía haber acuerdo entre su perspectiva doctrinal y su postura tradicional personal. Otros incluso han llegado a pensar que su enseñanza metafísica e intelectual no podría considerarse compatible con la doctrina islámica. No es necesario destacar lo que hay de superficial o aún de malévolo en este género de opiniones o de suposiciones.” (1)
Hace poco más de treinta años, el profesor Nadjmud Din Bammate señalaba a propósito de lo mismo: ”Es curioso ver, incluso entre los fervientes adeptos de la obra guenoniana, esforzarse en poner entre paréntesis, como un molesto incidente, su conversión al Islam y notar, por ejemplo, que tiene poco lugar en sus escritos la tradición islámica.” (2)
Salvo pocas excepciones, el desdén hacia este tema poco ha cambiado hasta ahora, por lo visto, la opción personal de Guénon fue tan “personal” que no vale la pena considerarla, y si las doctrinas islámicas son poco sobradas en su obra, ¿para qué interesarse por el Islam y el sufismo? Es lo que piensan algunos “guenonianos”, los mismos que desdeñan el Islam y no ven en el sufismo sino algo pseudo-religioso, convencidos quizá de que las instituciones occidentales de este tipo, si es que comparativamente las hay, están mejor dotadas y son más adecuadas para el hombre occidental.
La poca presencia que en sus libros tiene el Islam y su tasawwuf, es decir, el sufismo, se debe a razones de peso que él mismo explica como veremos, pero ha hecho creer a bastantes de sus lectores el tener que descartarlo como tradición realmente operativa para ellos mismos, pensando que al dirigirse sobretodo al hombre occidental era a sus únicas tradiciones occidentales (de hecho solo hay una iniciática) a quien Guénon remitia, lo cual, sin dejar de ser una posibilidad siempre estimada, no se limita a eso en absoluto. Ciertamente, si Guénon escribió sobretodo para el hombre occidental es por las razones evidentes del decrépito estado de su espiritualidad, pero la luz que vertió, al menos en lo que toca a lo esencial, venía de Oriente, cosa que le reprocharon muchos y que él nunca desmintió. Y bajo esa luz es que todo lo referente a la realización espiritual y al simbolismo sagrado en sus más importantes aspectos, retomó su definición original, tanto en el caso de las tradiciones occidentales como orientales.