Se denomina Sama’ a diferentes expresiones de la música sufí, sea cantada a capela o instrumental, también cuando interviene la danza, como el caso de los derviches mewlevy, naqshbandis o de otras cofradías. En la Tariqa Qadiriyya Butchichiyya que hoy presentamos (*), los cantos son a capela, sin ayuda de instrumento alguno.
Las sesiones de Sama’a se realizan en el interior de las zawias sufíes y sirven normalmente de colofón a diferentes ritos grupales del Tasawwf, el verdadero nombre del sufismo. También se dedican sesiones de Sama’a cuando en las veladas grupales el Sheikh se encuentra presente entre los foqara, o cuando se celebran fiestas señaladas, como el nacimiento del Profeta -slaws- (Mawlid al Nabbi), la Noche del Destino (Laylat ul Qadr) y otras. Las letras del Sama’a son Qasidas, es decir, poesía sufí escrita por reconocidos maestros del Tasawwuf. Normalmente relatan los diferentes estados, situaciones y comportamientos del alma humana en relación a la proximidad o alejamiento de su Señor, expresando bajo la cobertura simbólica del lenguaje amatorio los secretos de la realización espiritual. Precisemos que en el sufismo y el Islam el Señor es una expresión de la Realidad divina en tanto principio espiritual del ser, pero que se evita personalizar al no individualizarse nunca.
A pesar de lo que generalmente se piensa, es este simbolismo del amor espiritual el que se transfiere a la relación hombre-mujer en el momento que se difunden estas expresiones tradicionales arraigando en la cultura popular. El amor cortés de la nobleza caballeresca, el Mester de Juglaría y la Gaya Ciencia de la Europa medieval, incluso los Carmina Burana del Renacimiento y más tarde el Romanticismo, contienen una directa alusión a esto, así como una cierta influencia del sufismo a través de la cultura hispanomusulmana. De la misma fuente, mezclado siempre con elementos populares y étnicos diversos, proviene la música mozárabe, la morisca y el flamenco.