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miércoles, 1 de febrero de 2017

SOBRE EL HIJO DEL INSTANTE, por Manuel Plana

“No insultéis al tiempo ya que Allah es el tiempo”
Hadith del Profeta (saws)

En el nº 8 de la revista Soufisme d’Orient et d’Occident, un artículo firmado por Bruno Hussein trata del simbolismo del “hijo del instante”, conocida expresión sufí que encierra un mensaje iniciático lo suficientemente importante como para merecer una atención especial, y que brinda también la ocasión de profundizar un poco en lo que supone la concepción sagrada y tradicional del tiempo.
Ante todo cabe señalar el doble sentido del instante, pues, como dice Boecio: “El instante que pasa hace el tiempo; el instante que permanece hace la eternidad”. En efecto, para comprender la naturaleza de este “instante” debe reconocerse primero la diferencia de perspectivas que sobre el tiempo tienen, respectivamente, la tradición sagrada y la ciencia moderna, considerando que, en todas sus formas, ésta última encarna directamente el pensamiento empírico y materialista moderno que la ha producido.

Como bien señala el autor, la concepción ordinaria sólo considera del tiempo su apariencia cronológica; lo concibe como una suma adicional de años, días, horas, momentos e instantes, es decir, como algo puramente sucesivo, cuantitativo, y sobre todo, lineal. Su naturaleza se interpreta como un fluir mecánicamente aritmético, homogéneo y uniforme, extraña, en suma, a toda realidad sensible. Para la tradición, en cambio, el tiempo está vivo, su forma sucesiva y su apariencia lineal suponen su percepción más burda, es decir, su perspectiva más ilusoria; confundir el tiempo con una suma mecánica de momentos y sucesos, es imaginar la vida y el universo temporal como una máquina, como un sistema dinámico pero monótono y cerrado sobre sí mismo, incapaz de auto-regenerarse, lo que desmiente el comportamiento de cualquier ciclo vital y sobre todo el fenómeno de la consciencia humana. Es esta concepción errónea la que ha permitido a la ciencia moderna desarrollar todas sus teorías evolucionistas y progresistas del tiempo, así como las reencarnacionistas que ha consignado todo el neo-espiritualismo de moda inspirado en ellas. Del mismo modo se confunde lo eterno o la eternidad con lo indefinido, es decir, con una suma enorme de tiempo, con una cantidad innumerable de años, siglos o milenios. La reducción sistemática de toda realidad a lo cuantitativo está en la base de todas estas concepciones, erróneas ya desde sus propios planteamientos.

Para la tradición, y también para cualquier observador lúcido, el tiempo es cíclico, es decir, circular, y esa circularidad comprende su propia regeneración constante y cíclica. La sucesión del tiempo no es lineal sino un movimiento circular que nunca se cierra, ya que al concluir su periplo comienza simultáneamente otro a otro nivel, lo que nos da una imagen espiral. No hay evolución sin involución, ni aspiración sin expiración, ni sístole sin diástole, ambas fases conforman la “revolución” completa del ciclo. Todo en la naturaleza, incluido el tiempo, es circular; la vida es movimiento y movimiento es circulación constante de posibilidades cuyo ciclo las genera, las desarrolla y las agota para renovarlas. Quien dice circulación dice rotación, que se efectúa siempre alrededor de un centro inmóvil, el eje de la rueda, imágenes el centro, el eje y la rueda, cuya importancia simbólica es común a todas las sociedades tradicionales.

Sin embargo y antes de continuar, hemos de advertir un error muy normal en la percepción ordinaria, pero de suma importancia a la hora de entender este tema: que en realidad nunca es del tiempo del que estamos hablando sino del movimiento, pues, directamente no podemos concebirlo. Es al ponerlo en relación con el espacio que medimos el tiempo pero sin comprender realmente lo que es, “una imagen móvil de la eternidad” a decir de Platón. Lo deducimos al calcular la trayectoria espacial que describe un punto al desplazarse en relación a otro relativamente quieto.
¿Cómo concebir un continuo indivisible sino es asignándole partes y un comienzo y un final, es decir, sin dividirlo?, lo cual no deja de ser una paradoja. En realidad hablamos siempre del movimiento, hasta el punto de confundirlo con el tiempo; pero el movimiento no es el tiempo sino la resultante de la acción constante del tiempo sobre el espacio*.

En sí, tanto el tiempo como el espacio son, a su vez, como dice la escolástica medieval, la resultante de la acción inmóvil del Número sobre la materia, o dicho de otro modo, de la Esencia sobre la Substancia (Purusha y Prakrti del Vedanta), del principio activo sobre el pasivo de un mismo Verbo o Acto (Amr) (creador, conservador y transformador) en permanente estado de revelación.
Del mismo modo que el tiempo es sucesivo (horizontal) por el hecho de ser contínuo, también es simultáneo (vertical) por el hecho de que esa continuidad es una tensión constante entre un principio y un fin, tensión permanentemente equilibrada en un ahora, punto o centro inmutable de la que depende y desde el que todas sus fases o estaciones son perfectamente simultáneas. 

Sucesión, perpetuidad, simultaneidad y eternidad (1), conforman, pues, diferentes categorías, grados o estados de una misma cosa que llamamos tiempo, situándose a niveles de realidad distintos, tal como la circunferencia, el radio y el punto geométricos. Cada cual responde a un grado diferente de consciencia que tenemos de una misma realidad. La propia sucesión temporal es periférica y refleja horizontalmente esta jerarquía vertical, como bien puede observarse en las diferentes cualidades de cada estación del año y en cada fase del mes o del día, o bien de la respiración, siendo análogos entre sí; y es esta analogía entre los ciclos más pequeños y los más grandes lo que pone en evidencia la unidad indivisible del tiempo, el espacio y de todas las cosas.

La sucesión y la continuidad tienen diferentes aspectos y, sobretodo, cualidades de sí mismas, se dilatan y se contraen, se aceleran y se retardan, ascienden y descienden (2), son todo menos lineales y homogéneas, es decir, mecánicas.
De igual modo, y al no cerrarse nunca sobre sí mismo, a la vez que se auto-regenera, el tiempo comunica también con otros estados del ser universal, donde su carácter sucesivo desaparece para dar paso a otras modalidades distintas de sí mismo, es decir, de su principio o arquetipo permanente y por lo tanto “atemporal”.

En cuanto al instante, que es el tema concreto del estudio, si consideramos su sentido igualmente cuantitativo, ligado al que ordinariamente se tiene del tiempo, si tomamos una parte infinitesimal de ese tiempo y la separamos de su continuo indivisible para mesurarla como un “atomo” de tiempo, una micro-millonésima de segundo o algo parecido, y decimos que ese es el tope del tiempo y el presente inmediato, no vamos a ninguna parte, ni nada se entiende sobre el verdadero “instante” sufí. 
En primer lugar, por pequeña que sea la parte fraccionada, tratándose siempre de una forma de extensión, siempre podrá subdividirse a su vez si contáramos con medios más sofisticados para hacerlo, lo cual invalida a cualquier fracción o cantidad de tiempo como instante que “permanece”, como tiempo “real”: toda extensión es siempre indefinidamente mesurable. La esencia del tiempo no es, pues, ni puede ser cuantitativa, es necesariamente cualitativa, es decir, discernible, aprensible, inteligible, pero no mensurable.

Más allá y más acá de toda apreciación científica y/o subjetiva del tiempo, cualquiera ha de convenir por lógica que nuestra existencia consciente nunca se ha movido ni en el pasado ni en el futuro, nunca está detrás ni delante del ahora inmediato. Toda experiencia, sea psicológica o sensible, transcurre siempre en un riguroso presente, es decir, ahora, nunca en el pasado ni en el futuro (3). Y el autor para confirmarlo cita a Titus Burckhard: “Si el recuerdo puede evocar el pasado en el presente, es que el presente contiene virtualmente toda la extensión del tiempo”.

El instante sufí no es el instante ordinario ni la simultaneidad es la instantaneidad fugaz de las cosas; es el verdadero presente, el ahora indivisible, un estado cualitativamente diferente, no del tiempo, sino del “ser” del tiempo, un estado intuitivo que se “gusta” (dhawk) con el “paladar” del corazón puro y despierto, la “sensación de eternidad”. Siendo indivisible, este ahora es un presente enormemente dilatado que sólo la necesidad y la ignorancia nos hace dividir ilusoriamente.
Hablar, pues, del verdadero instante metafísico es hablar de la unidad que envuelve, penetra y sostiene constantemente la existencia sin quedar afectada por sus rotaciones.

El calendario sagrado ritual, es un claro ejemplo del carácter cualitativo del tiempo. No todas las fechas, ni las estaciones, ni los momentos son iguales, ni duran lo mismo, ni se refieren a los mismos cambios, ni son aptas para realizar lo mismo. Antes bien, configuran un orden, una cosmogonía perfectamente ordenada y “viva”, donde todo absolutamente está incluido sin dejar nada fuera; es un mapa análogo, en clave temporal, de la propia unicidad de la existencia (Wahdad al-Wujud). La rueda de la vida incluye en su centro el propio Principio del que emana y que no puede dejar de acompañar en toda su manifestación o desarrollo, ya que es el eje inmutable que la gobierna y la sostiene. Por ello, todas las divisiones del tiempo son puramente simbólicas y expresan, sobre todo, las cualidades de sus cambios, es decir, de sus propias posibilidades, que despliega de manera rítmica. 
Pero realmente el tiempo es indivisible y sin solución de continuidad; podemos medir sus fases (al ponerlas en relación con el espacio) pero no a él mismo. Es a este sentido tradicional al que Aristóteles se refiere al decir que : “El instante no es en absoluto parte del tiempo (…) ni el tiempo puede dividirse en partes atómicas” (Física III). El verdadero instante no es una parte del tiempo, sino el tiempo mismo manifestándose ahora y sin divisiones. El tiempo no es una suma de “ahoras” o “momentos”, como pretendía Descartes, sino un flujo de vida constante, unitario y “sin partes”, es decir, individible. Y es en este instante intemporal y por ello omnipresente, en el que reside la Presencia Real de Allah, y en donde se concilian en perfecto equilibrio y perfecta armonía todas las tensiones. Es la Gran Paz (“As Sakina”), la Paz de Dios, “no aquella que los hombres se dan entre sí”, sino la verdadera Paz.

El hijo del instante es, pues, el que vive en un tiempo sin divisiones, en un perpetuo ahora, fluyendo con él y adaptándose como el agua a todos los accidentes del río, consciente de sus cualidades pero no prisionero de sus redes. Vive en un tiempo rigurosamente simultáneo, en un tiempo que no pasa porque la intuición y la impresión de la omnipresencia divina, constante y sin fisuras, es más fuerte que el vértigo de la sucesión y el cambio sin fin. Vive, pues, relajado, abandonado por completo a la voluntad divina. Su nacimiento, su muerte y su resurrección no los ve separados y sabe que el verdadero nacimiento es espiritual y no ocurre en el tiempo. 

Es al despertar de su letargo, de su sueño temporal, del tiempo que “pasa”, que conoce que todo es ahora, que nunca dejó de ser, que todo es simultáneo, el principio y el fin, la caída y la redención, la lejanía y la proximidad, la vida y la muerte, el conocimiento y la ignoracia. Y que la única y verdadera realidad, el único y verdadero Ser, no podrían tener comienzo ni fin, ni entrar en contradicción con nada, ni ser esclava de los afanes de los días ni del fragor de los tiempos.


* Para este tema, p.ej. ver René Guénon, El Reino de la cantidad y los signos de los tiempos. A.K.Coomaraswamy, El tiempo y la eternidad. Titus Burkhardt, Sabiduría tradicional y ciencia moderna.

1 Eternidad, de éter, es decir, algo que penetra, sostiene y envuelve todos los instantes y momentos del tiempo, es decir, de sus ciclos, sin estar sujeto a él.

2 Estos movimientos del tiempo se ponen en relación directa con las “seis direcciones del espacio”, como también en otro orden, con los “seis días” de la creación”.

3 Recurrir a la memoria del pasado o a la imaginación del porvenir no significa “vivir” en el pasado o en el futuro, sino tan solo “pensarlos”, evocarlos mentalmente, creer otra cosa es realmente “perderse” en el tiempo y morir al presente.


Artículo publicado en la revista Qalam nº 1. 2008.