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martes, 28 de enero de 2014

REFLEXIONES SOBRE EL EVOLUCIONISMO A LA LUZ DE LA METAFÍSICA Y LA FÍSICA TRADICIONAL (I), por Manuel Plana



“Contempla, o Prithi, Mis formas.”
(Bhagavad Gîta. 11.5)

(...)  El Pândava  contempló entonces, en el cuerpo del Dios de Dioses,  el Universo  entero con múltiples diferenciaciones unido en una sola forma.”                                                                                                    (Bhagavad Gîta. 11.13)

“En verdad, esta Mi Forma que acabas de ver (Arjuna), es muy dificil de contemplar.”
 (Bhagavad Gîta. 11. 52)


La hipótesis moderna de que la consciencia y la vida proceden de la materia por evolución de la misma, y también el ser humano, que lo hace a partir de un tipo de simio que ha seguido una evolución transformista por adaptación temporal, se apoya en unos ejes principales que cabe examinar no sólo a través de la "lógica" materialista de la ciencia moderna, sino también de la física y la metafísica tradicional, cuya competencia al respecto en ningún caso ha devaluado aquella. 
El primero de estos ejes es una concepción exclusivamente lineal, homogénea, uniforme y progresiva del tiempo, es decir, mecanicista, la única que podría concebir un desarrollo indefinido del ser vivo en una sola dirección y en una sola dimensión. 
El segundo, una concepción confusa y puramente cuantitativa de la materia limitada a lo sensible, es decir, la materia “extensa”, separada e independiente de todo principio agente, plasmador y formativo. 
Y otro axis, quizá el más curioso, es la creencia en un “azar” como substituto de una consciencia, voluntad o entidad creadora, azar que sería el responsable de la aparición de la vida química de la materia tanto como de las leyes naturales, de su evolución formal, siempre in crescendo, como de la consciencia misma. Nos centraremos de momento en estos tres puntos aunque sin duda podríamos encontrar más. 

Naturalmente, hablar de estas cosas requiere de una perspectiva, como aquí es la puramente materialista, pues, es la perspectiva la que marca la conclusión. Desde puntos de vista perfectamente reales y válidos pero no “materialistas”, no hay creación ni materia ni nada que se “cree” y después se “descree”, es más una cuestión de percepción que de establecer puntos de vista monolíticos, pues, la naturaleza objetiva de la realidad es inseparable de su percepción subjetiva. Y es en este sentido que todo es relativo desde su propia “horizontalidad”, y toda pretendida “objetividad”, por “científica” que se pretenda, estará siempre afectada por lo mismo. Decir que “todo está en la consciencia” no es una figura retórica del lenguaje espiritual, sinó una verdad “científica” y rigurosamente literal. La “realidad” depende de ella, ella la consigna y la certifica según sus luces. “Como en la teoría de Kant (y de la física cuantica de Heisenberg), el mundo es correlativo del sujeto humano que conoce, y por lo tanto, tiene la estructura fundamental de nuestra manera de conocer. Esto significa que el tiempo, el espacio y la causalidad no son entidades “objetivas” o extrañas, sinó categorías mentales en las que todo está moldeado. La existencia y la forma de todas las cosas dependen de la mente. El saber es un producto mental. Y el mundo, tal como se ve desde la mente, es un mundo subjetivo y privado, que cambia continuamente en concordancia con la inquietud de la mente misma.” (Maurice Frydman. Introducción. Yo soy Eso. Nisargadatta Maharaj.

El evolucionismo ha necesitado primero del materialismo y éste del mecanicismo (que sucede al “organicismo”), pues, estas concepciones no aparecen espontaneamente en el tiempo ni en Europa por casualidad, sinó que “evolucionan” gestándose a partir de cierto momento de su historia como resultado o reacción racionalista (pronto atea, materialista y mecanicista) en contra de modelos tradicionales anteriores, mal explicados por unos y peor comprendidos por otros, en este caso, del “creacionismo” religioso y de su inherente lógica dual proclive a entrar en contradicción consigo misma. Como dice el profesor Juan-Ramón Lacadena: “Las ideas evolucionistas que se formularon durante la Ilustración se debieron más a un determinado clima intelectual que a los avances concretos llevados a cabo por las ciencias biológicas”

Pero el creacionismo contemporáneo no es católico sino protestante. Según el mismo autor: “Muchos consideran a Henry M. Morris como el padre del creacionismo en EE.UU. a partir de la publicación en 1961 de su obra en colaboración con John C. Whitcomb, The Genesis Flood (“El Diluvio del Génesis”). Hay quien dice que esta obra es al creacionismo lo que el origen de las especies de Darwin fue al evolucionismo. Los seguidores del creacionismo siguen la interpretación literal del Génesis para describir la creación del universo y la formación de la vida.” (Creación y evolución, creacionismo y evolucionismo. Dpto. de Genética. Facultad de Biología Complutense). En efecto, el creacionismo se fomenta entre las iglesias fundamentalistas norteamericanas como reacción deísta confesional al evolucionismo ateo ya desde su difusión. Pero ellas interpretan literalmente el texto del Génesis, atribuyéndo arbitrariamente además la cifra de mil años a cada “Día” de la Creación. Evolucionistas creyentes como el profesor Francisco de Ayala, han señalado que: “El término <creacionismo> está mal utilizado intencionalmente por sus proponentes para presentarse a sí mismos como los próceres de la religión en contra del ateísmo. De hecho, muchos evolucionistas tienen convicciones religiosas y aceptan la creación del mundo.” (Ibid. Creación y Evolución, creacionismo y evolucionismo. pg. 118)  “La Iglesia Católica, dice el Sr. Lacadena en el mismo texto, no es creacionista si se entiende este término con el significado con el que se usa en EE.UU, es decir, como lectura literal del libro del Génesis de la Biblia. La Biblia es un libro religioso, no científico. Sin embargo, evidentemente, la Iglesia Católica es creacionista en el sentido de que acepta a Dios como <creador de todo lo visible e invisible>.”

Según la versión religiosa más común, Dios crea el mundo de una “nada” misteriosa que al parecer le sirve para todo; lo crea con ella y después se retira a descansar mientras el mundo, por la inercia de su impulso inicial, sigue su marcha buscando siempre hasta su fin un equilibrio estable entre la efusión expansiva de la gracia y la constricción del rigor divinos. Pero ahondando en el tema, pues, el lenguaje bíblico es obviamente simbólico y no literalista, esta materia que al principio era opaca e indiferenciada: “La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo...” (Génesis 2), necesita de un principio complementario correspondiente que actúe sobre ella para diferenciarla y así crear todas las cosas con ella como soporte (substancia: sub-stare, estar por debajo, soportar. Materia: mater, madre, principio femenino receptivo, plástico-generativo). Este principio correspondiente está prefigurado ya desde el principio: “... y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas” (Génesis 2.) para actualizarse después en tanto luz primordial: “Dijo Dios: Haya luz, y hubo luz” (Génesis 3). 

Aquí entran en juego un principio agente luminoso, activo y plasmador (consciencia y voluntad puras, el “Verbo”),  y otro oscuro e indistinto, pasivo y plástico, que es lo que llamamos materia porque asume el papel maternal de generar los gérmenes vitales que le procura permanentemente su paredro cósmico. Todas las tradiciones humanas han vinculado estos principios a los influjos “celestes” y a los “terrestres”, al “Pater” y a la “Mater” cósmicos, pues ambos a su nivel (cielo y tierra, luz y oscuridad, sequedad-humedad, contracción-expansión, etc...) ejemplifican perfectamente la mutua interacción entre lo activo y lo pasivo (como el sol y la luna y todos los símbolos análogos) como instrumentos de la actividad creadora del universo.

 “Yo soy el Padre y la Madre de este universo; soy el Sostén; soy lo cognoscible que hay que conocer, el purificador, la sílaba sagrada AUM y los tres Vedas” (Bhagavad Gîta. 9. 17)

“El gran Sustentador (Maha Brahma) es Mi matriz; ahí pongo mi semilla. De ahí viene el origen de todos los seres. Todas las formas surgidas de todas las matrices tienen por matriz el gran Sustentador; Yo soy el Padre que pone la semilla” (Bhagavad Gîta. 14. 3-4)

Por ser tales, estos principios creativos, “ leyes” o energías universales son realmente “metafísicos”, es decir, no empíricos, no sensibles; son energías-consciencia no ponderables (como el pensamiento y la consciencia mismas), pero no menos “reales” pues de ellos deriva la realidad transitoria de las cosas, su identidad, su medida y el ser de todo lo que existe. Y son ellos y no otra cosa los que se manifiestan como físicos a perpetuidad mediante la “coagulación-disolución” misma de sus cualidades y potencias, siendo la materia una de ellas, como la vida en toda su extensión. Ellos son en modo incondicionado lo que sus manifestaciones son en modo condicionado, del mismo modo que el cuerpo es la coagulación momentánea de facultades anímicas inherentes a la forma sutil del ser, y ésta es un “átomo” espiritual. (*) “Sin las formas esenciales o arquetipos, el mundo no sería sinó arena que se esparze.” (Ciència moderna y sabiduría tradicional. El origen de las especies. T. Burckhardt)

Pero a parte del relato bíblico, en el mundo occidental han florecido modelos cosmológicos de tradiciones diversas muy análogos entre sí (Hermetismo, Cábala...) e incluso con modelos orientales, persistiendo hasta bien entrada la era moderna. Y todos describen el Cosmos como manifestación finita de una realidad infinita e incondicionada que al reconocerse a sí misma como consciencia inaugura un proceso de interacción consigo misma desplegándose en Esencia y Substancia, Espíritu y Materia, y en última instancia, en sujeto y en objeto de sí misma. Dice la Càbala: “El mundo nace del conocimiento que tiene Dios de Sí-Mismo”.

En las cosmologías de Oriente, de igual modo, es por la interacción de estos dos aspectos del Uno (Âtmâ, Tai’Yi) pasivo uno y activo el otro, que se producen todas las cosas: Purusha y Prakriti, Yin- Yang, etc... principios que en cada nivel cósmico adoptan diferentes características y funciones, (Cielo y Tierra, macho y hembra, dia y noche, eléctrico y magnético, atracción y repulsión, coagulación y disolución, etc...) pues, es obvio que de la “nada”, del “azar” y de la pura inercia no procede nada, y menos la vida organizada y la consciencia, que vendrían a ser una verdadera anomalía del azar... una colosal “chiripa”... (1), tan colosal que, aún así, hasta el más ingenuo sospecharía... 

“Aunque no tengo nacimiento y soy imperecedero, aunque soy el Señor de todos los seres, dominando (empleando) Mi Prakr.ti, nazco de Mi propia Mâyâ.” (Bhagavad Gîta 4. 6)

“Bajo Mi dirección (y teniéndome como Testigo inmóvil) la Prakr.ti produce lo móvil y lo inmóvil, lo animado y lo inanimado.” (Bhagavad Gîta 9. 10)

No puede omitirse que el oficialismo religioso europeo pierde poco a poco la capacidad de explicar estas cosas (estos “misterios”) con la coherencia lógica que merecen y no con las vaguedades alegóricas de pretensión dogmática que la caracteriza, cosa contra la que reacciona mal el materialismo filosófico y científico modernos, aunque hasta Feuerbach y Marx no se consolida como tal ni tampoco el ateísmo. Francis Bacon, Newton, Galileo, Leibniz, Descartes, Pascal, son precedentes de la ciència moderna pero, no obstante, defienden una causa espiritual del universo, es decir, una causa consciente superior. La modernidad, es cierto, no tiene el monopolio del ateísmo ni del materialismo aunque éstos la definan, sino la mentalidad “asúrica” (contraparte oscura de la “dévica”), nunca tan expándida y consolidada como ahora. 

“Dicen (los seres asúricos) que este mundo es falso (que la existencia no tiene sentido), que no tiene fundamento (espiritual), ni tiene Dios. Dicen que su causa no es una sucesión regular de causas (de lo más sutil a lo más denso) sinó que está producido por el deseo y la casualidad. Agarrándose a este punto de vista, esos hombres extraviados, de intelecto limitado, embrutecido por lo material, entregados a acciones temibles, crueles y peligrosas para el mundo, buscan destruirlo.” (Bhagavad Gîta. 16. 8-9)

A parte de las tres religiones del Libro y de la cosmología grecorromana, las demás doctrinas tradicionales no hablan tanto de creación (sino es en sentido simbólico, metafórico), sinó de “manifestación”, naturalmente, la de un Principio inmanifiesto, produciéndose no sólo en el orden horizontal del tiempo, el espacio y la materia sensible, sinó en muchos órdenes verticales simultáneos, es decir estados, siendo aquel la coagulación transitoria de realidades superiores mucho más sutiles, con un “Motor Inmóvil” central como Principio permanente e invariable. “El Primer motor, dice Aristóteles, mueve no <empujando>, no<haciendo>, no produciendo, poniendo, construyendo o formando, sinó <atrayendo>.” (Metafísica. Libro XII. Cap. VII). Es la idea de un cosmos concéntrico, simultáneo y multidimensional: la proyección de una consciencia-energía (Shiva-Shakti) no-dual que se conoce a sí misma revelándose objetiva y subjetivamente en indefinidos estados o niveles de ella misma, revistiéndose para ello de las condiciones de cada uno; el mundo corpóreo es uno entre tantos, una generación-corrupción constante de formas vivas y conscientes como ella misma, sus “imágenes”. 

“Soy Yo, desprovisto de toda forma sensible, quién ha desarrollado el universo; todo este universo está impregnado de Mi Forma no-manifestada.” (Bhagavad Gîta. 9. 4)

Decir que Dios, el Principio o la Consciencia universal (o Energía–Shakti- creadora universal) se ha “retirado” después de crear el mundo, es una manera simbólica de decir que reposa eternamente en su centro, y desde ahí regula y gobierna como un eje (Axis Mundi) las revoluciones de la Rueda de la Vida (Rota Mundi), o de “Su” vida tendríamos que decir... El mundo no podría “devenir”, es decir, circular, rotar, sin un centro, lo cual es lógicamente irrebatible. Todo mundo, toda realidad organizada tiene un centro neurálgico, como la consciencia en el ser humano, el corazón o el cerebro el cuerpo, o el sol nuestro sistema. Y el Mundo total no podría ser una excepción. De hecho debe existir una correspondencia precisa entre el Macrocosmos y el Microcosmos, pues el equilibrio es la ley fundamental allí donde diferentes tensiones e influencias entran en juego para producir algo, como también la identidad entre la causa y su efecto. 

A ese centro se le podrían dar indefinidos nombres, también desde numerosos puntos de vista, aunque ninguno le hace justicia. La religión lo llama Dios; la metafísica tradicional Consciencia Suprema, Ser Supremo o Sí-Mismo; la física moderna “energía oscura”; la astronomía Big-Bang; la biología “principio antrópico”; la psicología ego o yo psicológico, etc... Sin embargo, es dificil definir con palabras algo que está incluso más allá de una relación dual de causa y efecto, de nombre y forma. 
En todo caso, muchas de las concepciones científicas modernas provienen de un creacionismo religioso mal entendido que ha llevado a invertir de algún modo los términos normales después de haber eliminado alguno que no era de su gusto, dándole a la materia el estatuto ontológico mismo del espíritu junto con todos sus poderes y cualidades inherentes, después, claro está, de haberlo exiliado del dominio cósmico, natural, humano y vivencial. 

El espíritu se ha confundido con el alma desde Descartes, y con sus estados infraconscientes desde Jung, por lo que ha quedado relegado a lo más bajo de lo vital. Hoy en día: “El espíritu es definido negativamente con respecto a la materia, y se le atribuye una <naturaleza mental> identificada con el <res cogitans> cartesiano.” (Ibn Asad. La Danza Final de Kali. Pg. 17).

La mentalidad de las sociedades modernas está impregnada de este estigma acuñado por un “materialismo científico” que ve como un “progreso” el desarrollismo industrial, inspirando por igual a formas de gobierno liberales-capitalistas tanto como comunistas-socialistas. Lo que Evola denuncia de ésta última ¿no podría decirse perfectamente de la otra? : “La filosofia oficial del bolchevismo es una forma de <hegelianismo> en que la <idea> se transforma en <materia> y el juego dialéctico de las oposiciones sirve como inicio de una explicación puramente mecànica del proceso, con respecto al cual cualquier forma de <idealismo> es considerado como mera <superestructura>”. (Americanismo y Bolchevismo. Julius Evola)

El resultado final es una concepción puramente mecánica y materializada del universo, la existencia y el ser. Y es por ello que no se encuentra rastro de esa peculiar concepción de materia ni de espíritu en las altas civilizaciones tradicionales y en general en todas las no modernas sin excepción, incluida la occidental hasta la modernidad, aunque es verdad que Demócrito es un antecedente epónimo del materialismo. 

La “nada” precósmica, el caos del que saldrá el cosmos, es el vacío o no-existencia de “todo-otro-que-Él” o de esa Consciencia universal e incondicionada a la vez trascendente e inmanente; es ese todo potencial indiferenciado que aún no es nada pero que tiene la capacidad de dar soporte a todo. Ese y no otro es el significado de la “nada” bíblica, una pura potencialidad inherente a la consciencia. Dicho de otro modo, la Consciencia crea todas las cosas partiendo de su propia substancia (que no es más que ella misma auto-limitada, “coagulada”, objetivizada), auto-envolviéndose en ella y permaneciéndo en todas las cosas a la vez como núcleo esencial subjetivo y como periferia substancial objetiva. (Podríamos preguntarnos también qué materia es la que queda informada por la idea que tiene el arquitecto en su mente de la casa a construir). (2

La “forma” con la que la materia queda diferenciada e “informada” (actualizada) no procede de ella misma –de la materia- sinó de su principio complementario luminoso (autoconsciente) que permite el paso de la potencia al acto. Si la materia es “oscura e informe” (Tohu-Bohu) es porque no tiene en ella misma la capacidad de la luz, de la idea, de la forma, del límite, del contorno, es decir, de la “imagen” (3), la cual procede de las luces o cualidades de la Consciencia Suprema (Espíritu o Principio de la Construcción universal, también llamado Gran Arquitecto del Universo). En efecto, en las tradiciones metafísicas orientales como el shivaismo cachemir o el Vedanta, las cualidades propias de esa Consciencia son Prakâsha (consciencia-luz), Vimarsha (consciencia-energía) y Svatantriya (libertad absoluta).

Como en un prisma, por poner un ejemplo, la luz pura e indiferenciada del intelecto cósmico (Buddhi, Mahat) queda refractada, es decir, diferenciada, en una serie de rayos de diferentes colores (cualidades) y formas al reflejarse en la materia (de sí misma) que le sirve de espejo. Realmente la materia no existe sino como consciencia o luz coagulada, reflejada. Y si ahora el concepto moderno la ve como una “forma sutil de energía” más que como algo “sólido”, es porque por sofisticados análisis que sufra nunca llegarán a un fin, a un verdadero “átomo”, siempre revelará alguna sub-estructura más profunda; todo lo corpóreo es extenso y por lo tanto indefinidamente divisible y sub-divisible; porque ella misma es imponderable separada de la consciencia formativa. Para la tradición, los materiales del mundo natural (grosero y sutil) son los cuatro elementos, que se contemplan como diferentes estados vibracionales de una misma cosa, del éter, “espacio” o Quintaesencia (el Akâshâ hindú), de naturaleza homogénea e isotrópica, el “lugar” y el medium de la vibración primordial.

“Comprende que los seres moran en Mi de manera anàloga a cómo el vasto viento permanece siempre en el espacio” (Bhagavad Gîta. 9. 6)

La concepción moderna, empero, afirma que la consciencia proviene por evolución de la materia, dando por supuesto que esa materia suya es portadora de toda posibilidad superior a ella misma (?). Eso es decir, como Lamarck, que la función y el uso hacen al órgano. Es muy significativo que las pautas más importantes que marcan la evolución del individuo humano procedan siempre de “fuera”, de estados ambientales a los que el individuo y su biología deben adaptarse. Los cambios genéticos, biológicos, moleculares, etc. se deben siempre a causas mayormente exógenas, de acciones del medio sobre los individuos y de hecho, desde esa concepción, son los individuos mismos los que hacen a la especie y no a la inversa. La materialidad y la exterioridad de las cosas parecen imponerse a la vida interior, como si el individuo y la especie no comprendieran en sí mismos las posibilidades mismas de ese medio y tuvieran que adquirirlas. El universo subjetivo de los individuos, el de su sensibilidad, consciencia, inteligencia, instintos, etc... son producto de fuerzas externas objetivas. El mundo objetivo, exterior, crea o fabrica por “azar” el mundo subjetivo y toda su indefinida riqueza, mucho más compleja, por cierto, que los sistemas fisiológicos. En suma, el mundo material exterior crea el mundo espiritual interior de los seres. Volvemos otra vez a constatar la manía de ver no solo separadas la naturaleza subjetiva y objetiva del ser, sinó a uno como producto del otro y no dos aspectos simultáneos de lo mismo.
 “Los –verdaderos- arquetipos se distinguen fundamentalemente sin separación en el interior del ser y en virtud de él, como si el ser fuera un cristal único y puro que, en su forma universal, contuviera todas las cristalizaciones posibles.” (T. Burckhardt. Ibid) 
Que el orden de manifestación de la cosas suponga siempre la expansión de una potencialidad seminal que integra no solo el propio diseño de su estructura, sinó las pautas precisas de su desarrollo vital (que parecerían exógenas), es algo natural y evidente, pero parece no tener demasiada importancia para los científicos.

La ciencia tradicional anuncia desde siempre lo contrario que la moderna: que la materia es un modo de la consciencia, como también los seres, las formas y los mundos.  Y que la facultad -la potencia- crea al órgano y no un uso externo impuesto por la necesidad. “Lo oculto y lo manifiesto se generan mutuamente”, dice el Tao Te King (v. 2). Y que en última instancia, no existe dualidad irreductible entre ámbas, pues, tanto materia como forma tienen a su causa en esa consciencia, no precisamente antropomorfa sinó incondicionada (supraformal) pero incluyendo el poder de autolimitarse  y generar todas las formas posibles (la Shakti, la Maya  y la Prakriti del hinduismo). Y es interactuando con la materia de sí misma que se distinguen, proyectan o refractan dichas formas, es decir, mundos, reinos, criaturas y especies. El símbolo del Huevo Cósmico o Huevo del Mundo, muy común a muchas tradiciones, explica muy bien el proceso creativo o mejor “formativo” -morfogénesis- (4) de coagulación y desarrollo de las posibilidades contenidas en un mundo. 

El Hiranyagarbha hindú es el “Huevo de Oro” o el cosmos embrionario con los tres mundos (Lokas) ya diferenciados (vida espiritual, vida anímica, vida somàtica). Su núcleo es el Bindu, el punto primordial, la gota (del Logos Spermatikos griego), la semilla de Brahma-Ishvara como fuente de todas las manifestaciones que se desplegarán durante el ciclo completo junto a sus diferentes subciclos (Kalpa, Manvántaras, Yugas). El Pinda (embrión corporal) es el Bindu coagulado en átomo individual (Anu), es pues, el prototipo formal de la individualidad (psicosomàtica), preexistente en modo sutil desde el origen mismo de la manifestación cíclica, integrado al Bindu como una pepita de granada dentro de su fruto. La analogía entre el micro y el macrocosmos proviene de la unidad original misma entre el Pinda y el Bindu, es decir, entre Jivâtmâ y Âtmâ. Ese Bija (semilla, germen) como modalidad de Bindu, “encarnará” en Pinda (semilla corporal) gestando dentro de la matriz el cuerpo grosero cuando las condiciones del ciclo sean las aptas para él. 

“Luego hicimos que fuera una gota dentro de un receptáculo seguro. Luego transformamos la gota en un coágulo de sangre, creando una substancia como <masticada>.” (Corán 23:12-14)  Esta “gota” original que es el ser, cumplirá su propio ciclo para retornar después a la fuente.



NOTAS:

*.- En el Shivaismo Cachemir es el Cid-Anu o mónada espiritual de consciencia como primer resultado de Akhyati o auto-limitación de la infinitud-plenitud de Paramashiva; es el Jiva védico como réplica formal de Àtmâ. La doctrina tradicional de los números, nombres, medidas o “cualidades”  universales, y el papel creador y ordenador que le confieren todas las ciencias sagradas, ilustra muy bien el paso de la unidad (el punto) a la multiplicidad (circunferencia) y el orden mismo de la creación, doctrina que ignora la ciencia moderna al darle al número una asignación meramente cuantitativa, la propia de la cifra.

1.- Decía E. F. Schumacher (Guía para los perplejos) sobre la teoría moderna del “azar”, que de ser cierta equivaldría, para poner un ejemplo, a desparramar un saco enorme de letras sueltas al suelo y quedar todas perfectamente ordenadas por palabras y frases componiendo, por casualidad, la Divina Comedia. Pero “causalidad” no es casualidad. También Fred Hoyle dice: ”La formación de una célula viva a partir de la materia inanimada es tan probable como el ensamblado de una avión 747 por un torbellino que pasa a través de un depósito de chatarra”. Y Chandra Wickramasingue: “La probabilidad de la formación de la vida a partir de la materia inanimada es alrededor de 1 seguido de 40.000 ceros... Es suficientemente grande para sepultar a Darwin y toda la teoría de la evolución.”

2.- Esa es la doctrina del Shivaismo advaita cachemir, la contracción (Akhyati) del Infinito (Paramashiva) a fin de asumir un límite para auto-revelarse a Sí mismo (Shiva) en modo distinto y finito. De igual modo la doctrina del Zim-Zoum de la Càbala luriánica, el En Sof haciendo un vacío en sí mismo, autolimitándose a fin de manifestar el universo, que no es otro que él mismo en modo condicionado y diverso. Es un proceso de diferenciación (por limitación) a partir de un todo potencial que sólo aparentemente se polariza (Esencia-Substancia, espiritu-materia), pues la interacción mútua de los polos son la propia dinámica de su unidad indivisible o no-dualidad. 
La célula y su forma es una imagen muy gráfica de lo dicho, la entidad corpórea más simple, un círculo con su centro destacado. La polarización de su núcleo en dos focos o polos crea el huevo (que es “oval” u “ovalado”, no circular), y de él surge el ser vivo corporalmente completo pero sin desarrollar. La unidad se refleja a ella misma produciendo el dos y el tres simultaneamente. La yema o el núcleo es el ser esencial mismo coagulado, y la clara también como medium alimenticio y locativo del que se reviste, depende y se inserta; la cáscara es su cobertura y su protección exterior. Por ello dice la Cábala que el mundo material, el mundo sensible, “exterior”, es el mundo de las “cáscaras” (qifloth). Los tres elementos del huevo ejemplifican aquí muy bien (dentro del orden corporal mismo), la triple realidad espiritual, anímica y corporal del ser.
El apaño que intentó hacer el teosofísta jesuita Theilard de Chardin entre evolucionismo moderno y creacionismo cristiano, lo sacó en parte de las doctrinas de H.P. Blavatski y de su propia fantasía religiosa, obteniendo cierto favor por parte de algunos sectores de la iglesia. La iglesia católica ha aceptado la hipótesis evolucionista creyendo que no contradice su tesis creacionista alegando la teoría tomista sacada de Aristóteles y del escolasticismo medieval (Sto. Tomás de Aquino) pero elaborada según una argumentación teológica falsa y errónea que ignora, precisamente, la doctrina del Hylemorfismo.
Las segundas causas, en este caso las leyes de la naturaleza sean cuales sean, no pueden, en efecto, entrar en conflicto ni negar la causa primera, es decir, a Dios mismo en cuanto Ser universal, Logos o Principio de la Manifestación universal, sin cuya voluntad nada sería, es decir, sería nada. Dios es infinito e incausado, pero se torna causa primera de todas las cosas que proceden de Él y se despliegan en consonancia con su Voluntad, sus Nombres y sus Atributos, es decir, segun sus arquetipos increados, del que sobresale por encima de todos su Unidad y su Unicidad; Él guía el orden cósmico a través de ellos sin participar directamente... hasta ahí la argumentación es correcta a pesar de reconocerse, por otro lado, que la religión establece un abismo entre el Creador y la Creación, es decir, una separación ilusoria entre trascendencia e inmanencia. 
Pero las causas segundas, las leyes de la naturaleza que la iglesia ahora acepta al igual que la ciència como evolutivas, no solo no pueden entrar en conflicto con la causa primera sinó que no pueden ser “diferentes” ni “extrañas” a ella, bien al contrario, han de reflejarla perfectamente en el orden natural. No pueden dejar de reflejar a todo nivel el principio o ley de unidad y de unicidad divinas, ni pueden pretender que el Destino o finalidad de las cosas en el tiempo sea diferente y contraria a la Providencia eterna (atemporal) que traza su plan permanente en la Mente divina.
La naturaleza “demiúrgica” no hace sinó “copiar” en la materia “prima” y “segunda” (temporal y diferenciada), los arquetipos eternos (ya diferenciados de la causa primera pero no “separados”) dentro del orden cíclico –que no lineal- . Aunque temporal y substancial, la Natura Naturata (la naturaleza creada) no puede dejar de reflejar, fielmente como un espejo, a la Natura Naturans (la naturaleza creadora); el orden cíclico que permite la coincidencia del fin con su principio, no hace sinó reproducir la ley de unidad y unicidad divinas en el orden temporal de la diversidad, cosa que el tiempo lineal y la evolución de lo noble y superior a partir de lo grosero e inferior, desmiente y niega. Los modelos creacionales ya están predispuestos  en su perfección original “desde el principio de los tiempos” por Dios, no evolucionan porque, antes bien, la existencia material supone al revés un desgaste y una involución a partir del desarrollo completo de los seres, que no es más que la consecución de su propio arquetipo, lo contrario de lo que supone precisamente el evolucionismo. El alejamiento gradual de las cosas de su principio original-seminal así lo impone, como su cristalización y transformación posterior.
Dios predestina todas las cosas “fuera” del tiempo según su arquetipo, las cuales cumplirán su desarrollo completo (no su “evolución”) en el tiempo-espacio de su ciclo vital para retornar de nuevo a su fuente. Adán, el modelo humano de la Biblia, implica un estado de perfección original practicamente divino, como el Manu hindú o el Menés egipcio, etc... que se verá alterado por efecto de la “caída” o “expulsión” paradisíaca (el Paraíso como estado de perfección original del mundo), la cual no supone desde luego una lenta evolución hasta alcanzar la inmerecida “perfección” del hombre moderno actual, antes bien, un estado de decadencia general, gradual e incluso infra-humana que verá restituirse al final de los tiempos con la venida definitiva del Mesías o el Cristo de la Parusía, en todo caso, lo inverso matemático de la teoría evolucionista. 
Ni siquiera la Jerusalén Celeste que descenderá para inaugurar un nuevo Cielo y una nueva Tierra supone una evolución, sinó la restitución del estado de perfección primordial desgastado por el “pecado original” y por el paso del tiempo. Y según San Pablo, será una restitución “instantánea”, no temporal ni sucesiva. El evolucionismo niega tanto la existencia de un estado de perfeccion original de las cosas como de unos arquetipos eternos, atributos o potencias creadoras permanentes como causas activas del Plan divino, dándole al tiempo una asignación lineal in crescendo que niega incluso la evidencia de su acción de desgaste sobre todas las cosas sometidas a él.  
Es curioso que estos hechos hayan pasado desapercibidos a los “doctores de la ley” que de buen grado aceptan el evolucionismo transformista sin darse cuenta de todos estos referentes bíblicos que lo desmienten.  Al no poseer  ya ningún conocimiento efectivo de la cosmología sagrada (ni la judeocristiana ni la hermética), sinó de una teología filosófico-religiosa pervertida en muchos casos, la iglesia cae en una complicidad hasta obscena, por ignorante y complaciente, con la pseudo-ciència moderna. Intentan salvar el “dogma” elaborando una falsa teoría teológica de las causas segundas no supeditadas para nada a la causa primera, cuando no son sinó prolongaciones suyas en los diferentes órdenes inferiores de la creación, la cual está toda absolutamente penetrada, en su esencia y en su substancia, por el Espíritu divino y por las Formas de la Voluntad de Dios, que siempre realiza en la Tierra lo que predispone en el Cielo, como bien se le pide siempre en el Padrenuestro.

3 .- En la bíblia la palabra imagen es en hebreo tselem, que también tiene el sentido de negativo, molde, forma, huella. La palabra griega idea (eidos) también significa lo mismo, prototipo, forma. El griego typos significa también impresión, huella, modelo, patrón. 
Ver la Teoría de las Formas de Platón, también en Ireneo, Dionisio Areopagita... Platón dice en el Crátilo que sin las Formas en este mundo no habría estabilidad, todo sería flujo sin coagular (arena que se esparce). No habría tampoco conocimiento, pues son las formas las que hacen inteligible el mundo, ni habría lenguaje referencial, pues los argumentos proceden de las Formas, no van hacia ellas .... En Platón la Forma es, en el ser, “lo que es” (to ho estin. Banquete, Fedón) o bien “lo que está siendo” (to ontos on. Fedro), diferenciándolo del Devenir y del cambio, de lo que “deviene” y no es. Son los “Universales”, no conceptos mentales de seres particulares, sino la “presencia” de los Universales que determinan las cosas particulares por lo que son. La trascendencia de las Ideas se refleja directamente en la inmanencia de ellas en los particulares. Las Ideas-Formas inteligibles son ontologicamente independientes de sus copias sensibles en estado de devenir, existen por sí mismas antes y después de iluminar la materia que vehicula la forma. Ellas no pertenecen al devenir sino al ser, al Nous, al nóumeno no al fenómeno. Y el modo de acceso a las Ideas o Formas de la Inteligencia cósmica, es por la visión intelectual, la intuición de los modelos perennes, ya que son precisamente los objetos y modelos mismos del intelecto y la consciencia. 
Aristóteles toma el concepto de “forma” de la geometría, la “figura” de los cuerpos espaciales, terminación o “límite” de la realidad corpórea. Cada cosa tiene la forma que debe tener, la forma define la cosa, es el significado y el sentido de la cosa, la finalidad, el “telos”: fin, no en cuanto causadas mecanicamente sinó en tanto dispuestas para la realización de un fin. La definición (a un nivel) de una cosa implica su finalidad, la forma o conjunto de aspectos esenciales que imprime en lo “formado” el sentido y la función para la que sirve. Forma: principio causal esencial inteligente que hace ser lo que es a la cosa dándole sentido y finalidad (“telos”, de ahí teleología: ciència de los fines), Gracias a la forma las cosas son inteligibles, no es por conocer su materia que conocemos la cosa sinó por su forma o esencia.
Aunque parezca raro, el sabio C.G. Jung no entendió nada en absoluto de esta teoría, de la que toma prestado el concepto de arquetipo pero ubicándolo en las cloacas del psiquismo.

4.- La Cábala hebráica distingue muy bien la acción de “crear” de la de “formar”. De hecho establece una jerarquía precisa de modos de “obrar” la manifestación el Ser Universal, el Ain Sof o Infinito: Nombrar (“llamar” de la nada a la existencia, del no-ser al ser), Crear, Formar y Hacer. En el primer caso, todas las cosas manifestables no son sino atributos de este Ser, sus “nombres”; todas las cosas están prefiguradas en sus arquetipos o nombres eternos y por lo tanto inmanifestados, siendo de ahí de donde extraen su identidad misma y su ser propio. “En la teología cristiana aristotélica, dice A. Orozco-Delclos, la omnipotencia que pone al ente en la existencia, más que un <hacer>, poner o construir, es un <llamar> –nombrar- tan poderoso que la misma llamada otorga el ser” (Teología Natural: De Aristóteles al personalismo.)
En el segundo y mediante la aparición de una segunda diferenciación o polarización, dichos nombres o modelos eternos se reflejan en la “Superficie de las Aguas” (o Aguas superiores) en modo de prototipos, aún informales pero determinados ya por una cualidad propia universal pero potencialmente particularizable. En el tercero, los prototipos toman forma y se revisten de una materia aún sutil pero diferenciada, “formando” o cincelando en ella los diferentes tipos criaturales. En el nivel del hacer, del factum sensible, dichos tipos o prototipos formales se revisten de materia densa y ya diferenciada en los cinco elementos, principios éstos a su vez, del aparato psicosomático del individuo. Todas estas “acciones” son simultáneas, están integradas en la vibración (el Zim-Zoum cabalístico, el AUM védico, el Spanda shivaita, el Logos platónico, el Verbo cristiano) primordial de la Energía (Shekinah, Shakti) de la Suprema Consciencia. 
En cuanto a la “pangénesis” de Aristóteles que retoma Darwin, carecía totalmente de evidencias como demostró su primo Francis Galton, reemplazándose después por las leyes de Mendel y su descubrimiento de los genes.