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domingo, 11 de junio de 2017

LA ALQUIMIA DE LA ASTROLOGÍA (I), por Sergio Trallero Moreno

Un mismo saber cosmológico: astrología terrestre - alquimia celeste

Cuando se habla de Cosmología en un sentido tradicional se hace referencia a las Ciencias Sagradas que desarrollan los principios sobre los que se sustenta la Manifestación o Ser cósmico. Esto nada tiene que ver con la concepción común de Cosmología usada por la ciencia moderna, ya que ésta última pretende analizar, en frío y cuantitativamente, un supuesto mundo objetivo, externo, totalmente separado del sujeto conocedor, en el que las cualidades no mensurables se niegan. 
Desde el punto de vista del hombre antiguo, esa premisa es inconcebible, puesto que unos mismos principios vertebran la realidad de forma unitaria. Así, el Hombre se concibe como un Cosmos en sí, pero no un Cosmos diferente del percibido por los cinco sentidos. En la visión interna se abre un Universo tan infinito o más que el aparentemente externo. El Conocimiento sagrado por tanto siempre es uno y el mismo, se vuelque la mirada hacia afuera o hacia adentro. 
Este Conocimiento, o mejor dicho Sabiduría en el sentido de Gnosis, no se presenta dado per se (de hecho es inexistente para el profano) sino que es necesaria toda una progresión iniciática, reveladora e iluminativa, que vaya quitando los velos de la ignorancia dual. De ahí también que no se trate de un conocimiento meramente humano, producto de sus capacidades mentales, sino de una instancia suprahumana, de esferas espirituales superiores, como presentan todos relatos antiguos al remitirlo a un linaje y procedencia divina o angélica que en un momento dado, de un modo u otro, desciende en el ámbito humano. 
Como se ha apuntado, la Cosmología sagrada muestra las Leyes sutiles mediante las que opera y está edificada toda la Manifestación íntegra, en un orden jerárquico de principios y esferas que dinamizan espiritualmente todo el devenir. Digamos que se trata de un intento de captar el plano de la mente del Gran Arquitecto del Universo; los prototipos universales que posibilitan toda creación y recreación. En un sentido iniciático la realización de esta gnosis corresponde a los Misterios Menores de la tradición eleusina. 
¿Y cuál es el Saber cosmológico tradicional por excelencia?: la astrología-alquimia. Estos saberes no son realmente dos campos separados, ni siquiera paralelos o convergentes, sino que representan dos aspectos de un mismo conocimiento. A pesar de que evidentemente en el transcurso histórico las derivas circunstanciales han ido fragmentándolo todo, en el fondo presentan una unidad consustancial, puesto que es imposible un marco teórico como la astrología sin una operatividad interna, ya que tratamos de conocimientos iniciáticos y no meramente abstractos y especulativos como los modernos. El sabio antiguo auténticamente iniciado era astrólogo, alquimista y mago al mismo tiempo. 
Este hecho hace que tanto se pueda hablar de una astrología terrestre como de una alquimia celeste, puesto que la dimensión celeste y la terrestre, el Cielo y la Tierra, conforman una Unidad indisociable en la Conciencia del iniciado. Y más aún, la comprensión del funcionamiento de esta interacción Cielo-Tierra le permitía, en tanto pontífice y sacerdote, establecer una comunicación consciente e interceder en sus flujos recíprocos, convirtiéndose automáticamente en teúrgo. 
Una astrología terrestre es una astrología con cuerpo, que percibe los arquetipos en lo más denso y concreto, y una alquimia celeste es una alquimia con alma, que percibe la música en los movimientos de las esferas superiores. 
Puesto que el Cielo ha fecundado a la Tierra (el Espíritu a la Materia), en las entrañas de la Madre Naturaleza aparecen unos elementos llamados metales nobles que reflejan las mismas esencias que los planetas correspondientes. Estas cristalizaciones de la fuerzas celestes no sólo son físicas sino psíquicas, configurando las facultades internas del ser humano. El alquimista trabaja en base a estas sales cristalizadas, desde lo más denso, operando transmutaciones y rectificando hasta que las esencias puras en su cualidad celestial se reflejen con nitidez. 
Por ejemplo podemos contemplar los mismos siete principios universales en su flujo activo y celeste en forma de planetas, o bien en su flujo pasivo y terrestre en forma de metales. Se trata de "estados del ser" manifestados en distintos órdenes pero sin que haya discontinuidad alguna entre ellos. En el Hombre esta interacción Cielo-Tierra, Espíritu-Materia, produce un conglomerado o piedra bruta llamada psique, completa en el sentido de que tiene todo dentro de sí pero caótica en el sentido de una amalgama de escorias que resulta necesario purificar. Esto último ha sido debido al alejamiento de la Esencia original mediante una serie de adherencias, condicionantes y coberturas cada vez más opacas hasta perder prácticamente la naturaleza translúcida del alma. Urge al alquimista por tanto adentrarse en su mina interior para rescatar el oro subterráneo en los estratos más hondos y arcaicos de su ser, iluminado por el fuego celeste de la ciencia prometeica. 


Papel de la Astrología en este contexto 

Como es sabido, la astrología llamada tradicional se asocia a cierto fatalismo por su talente predictivo, frente a la contemporánea, netamente psicológica. Esta última es acusada con razón de cierta ambigüedad y de haber olvidado o ignorado importantes claves y elementos tradicionales por incomprensión, si bien puede representar una aplicación muy útil a efectos terapéuticos en la sociedad individualista actual tan falta de herramientas de autoconocimiento. 
Pero si nos centramos en el uso del concepto "astrología tradicional", tal vez sería bueno redefinir qué se entiende por ello. Es muy común que en el discurrir de la historia se conserven los vestigios más externos, "exotéricos" podríamos decir, debido a que los conocimientos esotéricos, por su misma naturaleza velada y su transmisión oral suelen llevar otros cauces. De ahí que en la tradición astrológica, como en otros saberes en su conformación secular, se haya conservado su parte exotérica, es decir, todo su aparato técnico, ganando en complejidad con el transcurso del tiempo. Llevado al extremo es evidente el desagarro que supuso la aparición de la astronomía como campo independiente en declarada confrontación con la astrología; del mismo modo que el surgimiento de la química experimental procedente de una pseudoalquimia cada vez más incomprendida y degenerada, centrada exclusivamente en las transmutaciones materiales y no espirituales. 
Pero la cuestión es si dentro de la misma astrología llamada tradicional se han perdido muchas claves iniciáticas de lo que sería su núcleo esotérico, en tanto ciencia sagrada, en este caso en estrecha conexión con la alquimia y la teúrgia. Es evidente que muchos grabados y textos alquímicos resultan incomprensibles no sólo para cualquier profano sino para todo astrólogo. Una astrología tradicional basada exclusivamente en el pragmatismo de su elaborada y eficaz técnica no se aleja mucho de lo que sería quedarnos en las minucias de la letra olvidando el Espíritu que la vivifica. 
Hay que señalar que un "canon tradicional", al mismo tiempo que perpetúa, puede también alejar o distorsionar la tradición milenaria, porque supone una adaptación y limitación a la mentalidad presente, con todos sus condicionantes culturales. Además de la pérdida de elementos no canónicos que pudieran quedar en líneas residuales. Lo vemos por ejemplo en dos importantes compiladores, como son Ptolomeo, en su extrapolación causalista de cariz aristotélico-meteorológico, y Morin de Villefranche, en su extrapolación racionalista dentro del incipiente paradigma mecanicista.  
Puesto que estamos considerando la astrología en su entroncación occidental, habría que superar incluso muchas de las influencias estoicas mal comprendidas, bajo la idea del determinismo planetario, de un fatum o destino ya prefigurado que anula toda operatividad y trabajo interior. 
Si queremos hablar de astrología tradicional en sentido estricto, o mejor astrología sacra, tendríamos que posicionarnos primeramente en un punto de vista interior que capte la metafísica subyacente a todo símbolo. Y sobre todo situarnos más allá del historicismo común, ya que proyectar al pasado desde nuestro paradigma actual en busca de validaciones distorsiona y genera anacronismos, al no comprender la Cosmovisión sagrada del Hombre y la Realidad de los antiguos. Sin considerar además que las facultades intuitivas de lo hombres primordiales eran muy diferentes a las actuales. 
De ahí la necesidad de contextualizar la astrología dentro de su legado tradicional esotérico, en este caso enraizándonos en el Hermetismo, que nos aproxima más a Egipto y Mesopotamia, sus cunas. Desde este sentido esotérico, la astrología tiene que ver más con la alquimia, la magia y la iniciación, que con establecer predicciones externas o hacer psicoterapia. Todo esto implica redefinir las claves tradicionales que han sustentado a la astrología en tanto ciencia sagrada para integrar vivencialmente el adagio medieval que reza sapiens dominabitur astris: "el sabio domina a sus astros". 


La tradición hermética

Del mismo modo que la Astrología está presente en todas civilizaciones milenarias, la Alquimia también lo está. Por ejemplo en la Antigua China era llamada Neidan o Vía del Elixir Dorado, y en la India Rasayana o Vía del Mercurio, muy vinculada al tantrismo. En ambas se ha dado una relación estrecha con la medicina, tanto taoísta como ayurveda, como también ha sucedido en otros lugares, pues en el fondo se trata de la auténtica terapéutica del alma. 
Pues bien, si queremos considerar la Alquimia occidental, debemos remitirnos al Hermetismo, corriente esotérica adscrita a la Sabiduría sacerdotal egipcia, transmitida primero a través de los griegos y luego de los árabes, hasta la cristiandad medieval. En el núcleo del Hermetismo la Alquimia ocupa el lugar central, no desligado de la Astrología. De hecho una posible etimología de la palabra "al-quimia" hace referencia a la "tierra negra" con que era conocida la cuenca del Nilo (Kemit), además de ser una alusión simbólica usada por los alquimistas en relación a la Materia original sobre la que se realiza la Obra. 
Evidentemente la figura de Hermes es la clave, nombre de la divinidad que los griegos asociaron al Thot egipcio. Más que tratarse de un ser concreto representa ante todo el mismo linaje sacerdotal, por eso no es raro que aparezcan varios Thot en la historia, hasta el mismo Imhotep. De hecho en el esoterismo islámico se habla de tres Hermes legendarios: uno antediluviano asimilado al bíblico Enoch, y dos postdiluvianos, uno Mesopotámico y otro Egipcio; en referencia al despliegue y transmisión de estos saberes arcaicos.
Pero más allá de lo humano lo que representa Hermes-Thot es la función del Logos divino, en su aspecto de intérprete y mensajero de lo Superior. De ahí que sea simbolizado como el Corazón de Ra y como el Escriba de Maat, el Orden Cósmico. Por tanto, la Ciencia Sagrada bajo la que podemos englobar el ternario astrología-alquimia-magia, corresponde a la misma Ciencia Hermética, y requiere de una hermenéutica o interpretación que decodifique los símbolos. Es decir, el astrólogo-alquimista-mago no es otro que el mismo Thot, que inviste de esa facultad divina al ser humano, como enlazador de mundos que es. 
El problema de los textos en la transmisión de esta Sabiduría sacerdotal egipcia es evidente, debido a su naturaleza oral e iniciática, enseñada gradualmente en sus Casas de la Vida o Escuelas de Misterios. Es muy conocido desde antiguo que toda intelectualidad griega pasó por ellas, desde los legendarios Orfeo y Homero, hasta los más importantes filósofos como Tales, Pitágoras, Platón, etc. adscribiéndose éstos últimos como propias, en su nuevo pensamiento teórico, muchas nociones egipcias. Después de esta larga transferencia de la Metafísica egipcia a las categorías del pensamiento griego, en el Helenismo se reescribe mucha literatura hermética incorporando numerosos préstamos, también judíos, hasta culminar en el proyecto de la Biblioteca de Alejandría en el que confluyeron numerosos saberes. 
Los textos herméticos conocidos corresponden por tanto al Helenismo, y circularon más o menos fragmentariamente durante toda la Edad Media, entre cristianos y musulmanes, perdiéndose muchísimos ejemplares, hasta que en el siglo XV Marcilio Ficino edita una compilación, lo que produce una nueva eclosión hermética en el Renacimiento. Ante todo el texto sagrado básico para todo alquimista era la Tabla Esmeralda, que recoge crípticamente numerosas claves de la Obra. Hay que aclarar que el popular Kybalión no es por supuesto una obra de Hermes sino de un grupo de ocultistas del siglo XIX, sincretismo un tanto adulterado por conceptos de la época. 
La Alquimia (de la mano de la Astrología) será asimilada como Filosofía Natural dentro de las Religiones Reveladas, tanto en el Judaísmo, Cristianismo como Islam. De hecho se dice que Moisés y Jesús adquirieron muchos de sus dones taumatúrgicos al ser iniciados en Egipto. En época moderna, a partir de Paracelso se dará a conocer su aplicación práctica bajo el nombre espagiria, basada en la elaboración de remedios a través de elixires y plantas. 
Por todo ello es importante ser conscientes de las numerosas reinterpretaciones y reescrituras que se han hecho del Hermetismo a lo largo de la historia y que sólo nos quedan ecos lejanos de lo que pudo ser en su esencia puramente egipcia, esencia todavía viva para el iniciado que pueda captar al mismo Maestro Hermes. 


La Gran Obra (Opus Magnum)

El "arte de los hijos de Hermes" también es llamada "arte regia", y a sus adeptos se les conoce como Artistas o Filósofos. La finalidad de todo arte es la realización de una obra, en este caso de la Gran Obra que completa la existencia y culmina el mismo proceso de la Naturaleza. Por ello los alquimistas hablan de imitar su mismo operar, recreando interiormente los procesos de la vida de forma consciente, para que precipite el brote iluminativo. 
De ahí que la alquimia posea las claves iniciáticas para todo trabajo interior de auténtica transformación, siendo la astrología un mapa alquímico de los influjos supralunares que inciden en el mundo del devenir sublunar. De lo que se trata es de la conquista de la Luz espiritual que ilumina toda la existencia. Esta Luz es la misma Conciencia que sostiene al Hombre y que vemos reflejada, externamente, en forma de Sol a nivel celeste y en forma de Oro a nivel terrestre
Si bien ha quedado sepultada, como una  imperceptible semilla dorada, en un terreno saturnal ennegrecido con multitud de escorias; tierra que pese a ello, si es debidamente tratada, consigue ser un potente fertilizante para su florecimiento. Este es el lenguaje alquímico que pretende explicar y explicitar, alegóricamente, cómo el Espíritu aparentemente encerrado en la Materia acaba por impregnarla de sus cualidades en toda una resurrección. Purificando esta tierra con las pertinentes operaciones, hasta que pueda ser preñada, se alumbra en su seno la Piedra Filosofal, un nuevo estado de corporeidad totalmente translúcido al Espíritu.  
En cuanto a la ciencia hermana, la astrología, se han propuesto varios modelos interpretativos de abordar sus mapas, pero la alquimia puede aportar muchos elementos olvidados que enriquezcan y profundicen en el significado último de sus símbolos, principalmente desde el punto de vista del proceso iniciático mismo. Veamos a continuación algunas de las claves y correspondencias más importantes. 


Materia y objeto de la Obra: ordenar el Mercurio caótico, adquirir el Mercurio de los Sabios

Para los verdaderos alquimistas, la Obra externa sólo era un soporte en paralelo a la Obra interna, y la conquista de una Piedra física que transmuta en Oro pudo darse en muchas ocasiones externamente como una consecuencia natural del proceso iluminativo interior, pero nunca como la finalidad en sí. Se trata del Arte de la transformación del Alma, siendo por tanto su objeto el mismo sujeto que la realiza: ordenar la materia psíquica, es decir, dictaminar la Orden sobre el Caos inicial, reproduciendo el modus operandi del Creador. 
Se dice que la Obra empieza y termina con esta sustancia anímica, llamada Mercurio filosófico, presente en todo como materia prima. Podemos referirnos a ella a través del término platónico "Anima Mundi", es decir, la materia de la que está hecha toda la realidad, todo lo manifestado, consistente en un flujo mercurial de formas móviles; en términos hindús se asocia al samsara que brota del semen de Shiva. 
Por eso es importante clarificar mínimante el sentido mucho más amplio que los alquimistas dan al Mercurio, frente a la común catalogación astrológica, ya que el uso ambiguo y polivalente de sus expresiones conduce a una gran confusión en los profanos. 

Esta Materia psíquica se define como el disolvente universal que permite limpiar la piedra bruta, es decir, el ego vulgar, mediante diversas operaciones de lavado y destilaciones, rectificando hasta la ordenación interna. O lo que es lo mismo, es un tipo de agua que disuelve toda forma para poder generar luego nuevas formas; mata y da vida al mismo tiempo. El Mer-curio es el "mar" de los Sabios que lo "cura" todo, ya que en su seno contiene todas las sales. Ahora bien, esta medicina resulta ser el veneno a combatir en un primer momento, de ahí su asociación con el Dragón (los cuatro elementos materiales en estado caótico) y la Serpiente del Ouroboros, símbolo del flujo cíclico-temporal o Zodíaco.

El Atanor de trabajo es por tanto el conglomerado psico-físico del alquimista, donde el régimen del Fuego se transmite a través de su pasión amorosa sublimada, para que precipiten los cambios internos. El recipiente, el huevo alquímico o crisol, es toda la psique, herméticamente cerrada para que el caldo interno entre en ebullición y puedan serparase los elementos y ser ordenados. Así, se deben reducir los metales viles, es decir, las inercias psíquicas larváticas, a su Materia Prima mercurial, para poder ser dúctiles al Espiritu.  

Este Mercurio común, en su aspecto pasivo-lunar, resulta ser el mismo aparato psico-mental del ser humano en su conjunto; y vendría representado por toda la configuración astral de un individuo. De hecho es a través de la respiración que se produce la conexión pránica con el hálito vital, el lazo con la sustancia psíquica universal del Anima Mundi; absorción interna del ambiente cósmico en la primera insuflación, lo que permite que funcione la astrología. El firmamento mismo es visto como unas "aguas superiores" en el Génesis. 

Veamos algunas características físicas del metal Mercurio, que pueden hacer entender su importante analogía con la mente-psique: 

- Es líquido a temperatura ambiente, y muy escurridizo, formando burbujas (pensamientos). 
- Es muy pesado, más que el plomo (el cuerpo)
- Se pega a todos los metales y genera amalgamas
- Se evapora como un espíritu volátil, siendo muy tóxico
- Es muy raro encontrarlo en estado puro 
- El Azufre permite atraparlo, fijarlo (lo que da como resultado el Cinabrio) 
- Es capaz de licuar el oro y la plata y otros metales
- Presenta un brillo de color plata  

De ahí la importancia de fijar este flujo mercurial de la mente por un elemento espiritual superior, como el Azufre, ya que por sí mismo tiende a la dispersión y disolución caótica, además de su enorme peso, movilidad y toxicidad. 
Cuando este aspecto venenoso de la serpiente es atrapado y fijado en un eje (o matado el dragón), se produce su transformación en medicina, tal cual el símbolo del Caduceo con el que Hermes hizo que las dos serpientes se ordenaran, el equilibrio sanador de los influjos cósmicos Yin y Yang. 
De este modo aparece el Mercurio doble o andrógino: símbolo en que lo lunar se sustituye por Aries , antiguo signo del Azufre. Es decir la expresión de la potencia áurea en el mundo (exaltación solar) se incorpora al vehículo psico-mental, transformando el Agua lunar en Fuego sulfúero, la pasividad y receptividad condicionada por el medio, en actividad creadora del Logos.  
Se le llama doble porque es líquido e ígneo a la vez y porque simboliza al Rebis, el "ser doble"o Andrógino de la Edad de Oro. Este Mercurio es por tanto, según la alquimia, un Agua de vida que mata y resucita: tras morir y renacer, el Rey y Reina (Sol y Luna, Yang y Yin) se bañan en ella para gestar la forma adámica primordial, el estado de Conciencia no dual. 
Esta llave mercurial, la clave de la Obra, tiene como se ve el doble poder tanto de matar cual un veneno como de vivificar cual medicina si se trabaja a conciencia. Es el verdadero Elixir de Inmortalidad, al tener en sí el germen del Oro, del mismo modo que el hálito vital vehicula el fuego espiritual. 



AZUFRE  -  MERCURIO  -  SAL
ESPÍRITU  -  ALMA  -  CUERPO

El Mercurio es puesto a su vez en relación con otros dos elementos importantes en la alquimia, como son el Azufre y la Sal, formando un ternario en correspondencia con la constitución del ser humano: Espíritu, alma y cuerpo. 
En este contexto se trataría del primer Mercurio, vulgar, de naturaleza lunar, que en su función absorbente y centrípeta, ha sellado en la psique pasiva una serie de marcas condicionantes: genéticas, educativas, culturales, y astrales. Se le contrapone el Azufre, el Fuego sobre los elementos en tanto fuerza espiritual y activa que otorga las cualidades a la materia plástica mercurial; es el principio ígneo que se irradia del centro de todo ser; en el ser humano su vitalidad y voluntad espiritual. 
Para los alquimistas, la Naturaleza opera a través de estos dos principios, masculino y femenino, activo y pasivo, a través de lo que llaman el solve et coagulapues toda transmutación es posible debido a la constante dinámica de disolución mercurial y fijación sulfúrea. De la interacción de ellos resulta una Sal, es decir, a partir de la acción del Azufre sobre el Mercurio se produce una cristalización: la individualidad atomizada que diferencia un ser de otro. 
Sin la acción equilibrada del Azufre, el Mercurio suelto acaba enfermando y contaminando la Sal, es decir, lo que llamamos desórdenes mentales o psicosomatización. Por ello debe ser fuertemente fijado por un agente espiritual sulfúreo. De hecho esta Sal es imperfecta en su amalgama vulgar, pero perfecta tras el casamiento alquímico de los dos agentes, de lo que resulta la buscada Piedra filosofal.
Es muy común usar en alquimia un lenguaje que transmuta y combina los elementos. Se dice que la Obra comienza con la Tierra oscura (la Sal imperfecta), que se reduce en Agua, luego se evapora en Aire y se extrae de él el Fuego, hasta precipitarse éste de nuevo en una Tierra totalmente vivificada por su acción (la Sal perfecta o Piedra filosofal). 
Se trabaja con un fuego líquido y un agua ígnea (imágenes para describir la naturaleza del alma en su amalgama sulfúrea y mercurial), y se lava con fuego y se quema con agua, todo ello muy acorde al simbolismo astrológico de Escorpio , el arquetipo zodiacal que más encaja con el proceso alquímico. 

Entrando en posibles analogías con la Astrología, si hay un ternario básico es el de la división de los signos en Cardinales, Fijos y Mutables, no muy explorado, que viene a representar los tres modos básicos en que se presentan los 4 elementos de la naturaleza. Entre las posibles analogías, podríamos establecer las siguientes: 


- Azufre-Espíritu, en los Signos Cardinales

La irrupción del espíritu vital, del fuego sulfúero creador que imprime su sello en la materia.
Se trata de la Cruz del Espíritu, que en su eje equinoccial-horizontal ARIES-LIBRA se Encarna y se Autoconoce, siendo Sujeto y Objeto. Y en su eje solsticial-vertical CÁNCER-CAPRICORNIO se enraíza para entrar en la matriz a través de la Puerta de los Antepasados (Pitr Yana) y da sus frutos en la bóveda celeste a través de la Puerta de los Dioses (Deva Yana). 


- Mercurio-Alma, en los Signos Mutables

La sustancia volátil y plástica del alma que realiza el aprendizaje a través de los cambios del devenir vital. 
Se trata de la Cruz del Alma, mediante la cual ésta conoce los múltiples elementos del mundo, ya sea mirando hacia lo concreto en GÉMINIS o mirando hacia lo lejos en SAGITARIO. Y se purga y purifica en su encaje psicofísico hacia abajo en VIRGO, incorporándose, y en su encaje psicoespiritual hacia arriba, en PISCIS, espiritualizándose. 


- Sal-Cuerpo, en los Signos Fijos

La cristalización fija o resultado estable para cada elemento de la Naturaleza. 
Se trata de la Cruz de la Materia, comúnmente usada para simbolizar los propios elementos materiales, el Fuego por LEO, el Aire por ACUARIO, el Agua por ESCORPIO, y la Tierra por TAURO, por ejemplo mediante un León, un Ángel, un Águila y un Buey, a través de los 4 evangelistas.  

En otro orden, la correlación más clara que podemos establecer del comentado ternario alquímico vincula el Azufre al SOL, el Mercurio a la LUNA, y la Sal a la TIERRA (el ASCENDENTE y las casas). 


Es claro el elemento ígneo y masculino solar del Azufre, así como el acuoso y femenino lunar asociado al Mercurio filosófico. Ascendente y casas corresponden a su vez al nivel terrestre de mayor concreción de la individualidad, su Sal. 
Respecto al segundo es interesante constatar que, si bien el Mercurio de la alquimia podría ser toda la sustancia psíquica que representa un mapa natal, la Luna astrológica lo encarna en concreto. No hay que olvidar además que la personalidad lunar se asocia en su formación a los 7 primeros años de vida, a la que se añade en los siguientes 7 años una envoltura mercurial que intelectualiza todas aquellas sensaciones primarias inconscientes. Es decir, los elementos más volátiles de una carta son la Luna y Mercurio, asociados al filtro de percepción sesgada que configura al Ego: primeramente la Luna absorbe todas adherencias del medio como alimento básico, y luego Mercurio elabora esos contenidos para diferenciarse de ese mismo medio como sujeto pensante; todo ello realizado pasivamente a través de multitud de envolturas externas condicionantes, principalmente educativas. Este Ego tiene así una primera cristalización diferenciadora a los 14 años de edad coincidiendo con la oposición de Saturno. 
Un trabajo de rectificación consistirá por tanto en rescatar y liberar esta Luna que ha quedado encerrada dentro de Mercurio. En expresiones alquímicas, "el Mercurio esconde la Plata", siendo imprescindible el trabajo de rectificación mental si queremos conectar con el Alma sin filtros egoicos. 
A nivel de casas esta dinámica mercurial-lunar, que representa la sustancia de la que necesariamente emergemos y que nos condiciona, puede ser traspuesta al entorno del Fondo del Cielo, es decir a las casas 3 y 4. Ahí es donde el iniciado realiza el trabajo subterráneo para extraer el Oro, en el punto de la carta natal que estira hacia el centro terrestre. Se trata por tanto de la auténtica mina del alquimista, donde encuentra en un primer momento todas esas vetas y estratos lunares-mercuriales que hay que profundizar y atravesar.
Además, no hay que olvidar que en el antiguo orden caldeo el Sol es el regente de la casa 4, en clara analogía con el "Sol de Medianoche", el Sol interno y oculto que guarda el secreto iniciático para la obtención del Oro subterráneo. En este mismo orden Saturno rige la casa 1, es decir, la Sal con la que se comienza la Obra y que a su vez permitirá su realización a nivel corporal. 
Veamos a continuación este proceso que nos lleva del Plomo al Oro, en la misteriosa relación entre Saturno y Sol.